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viernes, 25 de noviembre de 2011

Aliaa Magda Elmahdy

Después de que mi foto fue retirada de Facebook, un amigo me preguntó si podía publicarla en Twitter. Acepté porque no me da vergüenza ser una mujer en una sociedad donde las mujeres no son más que objetos sexuales acosadas todos los días por los hombres que no saben nada sobre sexo o sobre la importancia de una mujer.

La foto es una expresión de mi ser y veo el cuerpo humano como la mejor representación artística de ello. Me tomé la foto utilizando el temporizador de mi cámara personal. Me inspiran los impactantes colores rojo y negro.

Me gusta ser diferente. Me encanta la vida, el arte, la fotografía y sobre todo expresar mis pensamientos a través de la escritura. Es por eso que estudié comunicación y tengo la esperanza de llevar esto también a la televisión mundial, por lo que podré exponer la verdad detrás de las mentiras que todos los días soportamos en este mundo. No creo que sólo debamos tener hijos a través del matrimonio. Todo es cuestión de amor.

Nunca he estado en política. Me uní por primera vez a las protestas el 27 de mayo, porque sentía la necesidad de participar y decidí que podía ser capaz de cambiar el futuro de Egipto y me negué a permanecer en silencio. Dejé en claro que no fui parte del Movimiento del 6 de Abril (un grupo político egipcio que adquirió importancia durante la revolución), después de que los rumores fueran difundidos por los restos del Partido Nacional Democrático de Mubarak, quienes querían sacar partido de la reacción a la foto.
Lo que me impresionó es la declaración del Movimiento del 6 de Abril, que aclara que Aliaa Magda Elmahdy no es parte de su organización y cómo no acepta el "ateísmo". ¿Dónde está la democracia y el liberalismo que le predican al mundo? Sólo dan lo que la gente quiere escuchar para sus ambiciones políticas.
La mayoría de los egipcios son herméticos en lo que se refiere al sexo ya que se les educa a pensar que el sexo es algo malo y sucio, y no se le menciona en las escuelas. El sexo para la mayoría es simplemente un hombre utilizando a una mujer sin comunicación entre ellos y los niños tan sólo son parte de una ecuación. Para mí, el sexo es una expresión de respeto, una pasión de amor que culmina en el sexo para complacer a ambas partes.
Practico el sexo seguro, pero no tomo pastillas porque estoy en contra del aborto. Disfruté perder mi virginidad cuando tenía 18 años con un hombre al que amaba y que era 40 años mayor. Kareem Amer es mi segunda pareja y el amor de mi vida. El dicho va bien con nosotros: “Pájaros del mismo plumaje vuelan juntos”.
No soy del todo optimista a menos que una revolución social estalle. Las mujeres bajo el islam siempre serán objetos para usar en casa. El (sexismo) en contra de las mujeres en Egipto es irreal, pero no voy a ninguna parte y lucharé contra ello hasta el fin. Muchas mujeres portan el velo sólo para escapar al acoso y poder caminar por las calles. Odio cómo la sociedad etiqueta a los homosexuales y las lesbianas como personas anormales. ¡Diferentes no significa anormal!

domingo, 2 de enero de 2011

El Problema del Amor Enrrico Malatesta

El Problema del amor
Enrrico Malatesta


Al principio puede parecer extraño que la cuestión del amor y todas las que le son conexas preocupen mucho a un gran número de hombres y de mujeres mientras que hay otros problemas más urgentes, si no más importantes, que debieran acaparar toda la atención y toda la actividad de los que buscan el modo de remediar los males que sufre la humanidad.
Encontramos diariamente gentes aplastadas bajo el peso de las instituciones actuales; gentes obligadas a alimentarse malamente y amenazadas a cada instante de caer en la miseria más profunda por falta de trabajo o a consecuencia de una enfermedad; gentes que se hallan en la imposibilidad de criar convenientemente a sus hijos, que mueren a menudo careciendo de los cuidados necesarios; gentes condenadas a pasar su vida sin ser un solo día dueñas de sí mismas, siempre a merced de los patronos o de la policía; gentes para las cuales el derecho de tener una familia y el derecho de amar es una ironía sangrienta y que, sin embargo, no aceptan los medios que les proponemos para sustraerse a la esclavitud política y económica si antes no sabemos explicarles de qué modo, en una sociedad libertaria, la necesidad de amar hallará su satisfacción y de qué modo comprendemos la organización de la familia. Y, naturalmente, esta preocupación se agranda y hace descuidar y hasta despreciar los demás problemas en personas que tienen resuelto, particularmente, el problema del hambre y que se hallan en situación normal de poder satisfacer las necesidades más imperiosas porque viven en un ambiente de bienestar relativo.

Este hecho se explica dado el lugar inmenso que ocupa el amor en la vida moral y material del hombre, puesto que en el hogar, en la familia, es donde el hombre gasta la mayor y mejor parte de su vida. Y se explica también por una tendencia hacia el ideal que arrebata al humano espíritu tan pronto como se abre a la conciencia. Mientras el hombre sufre sin darse cuenta de los sufrimientos, sin buscar el remedio y sin rebelarse, vive semejante a los brutos, aceptando la vida tal como la encuentra.
Pero desde que comienza a pensar y a comprender que sus males no se deben a insuperables fatalidades naturales, sino a causas humanas que los hombres pueden destruir, experimenta en seguida una necesidad de perfección y quiere, idealmente al menos, gozar de una sociedad en que reine la armonía absoluta y en que el dolor haya desaparecido por completo y para siempre.
Esta tendencia es muy útil, ya que impulsa a marchar adelante, pero también se vuelve nociva si, con el pretexto de que no se puede alcanzar la perfección y que es imposible suprimir todos los peligros y defectos, nos aconseja descuidar las realizaciones posibles para continuar en el estado actual.
***
Ahora bien, y digámoslo en seguida, no tenemos ninguna solución para remediar los males que provienen del amor, pues no se pueden destruir con reformas sociales, ni siquiera con un cambio de costumbres. Están determinados por sentimientos profundos, podríamos decir fisiológicos, del hombre y no son modificables, cuando lo son, sino por una lenta evolución y de un modo que no podemos prever. Queremos la libertad; queremos que los hombres y las mujeres puedan amarse y unirse libremente sin otro motivo que el amor, sin ninguna violencia legal, económica o física. Pero la libertad, aún siendo la única solución que podemos y debemos ofrecer, no resuelve radicalmente el problema, dado que el amor, para ser satisfecho, tiene necesidad de dos libertades que concuerden y que a menudo no concuerdan de modo alguno; y dado también que la libertad de hacer lo que se quiere es una frase desprovista de sentido cuando no se sabe querer alguna cosa.

Es muy fácil decir: «cuando un hombre y una mujer se aman, se unen, y cuando dejan de amarse, se separan». Pero sería necesario, para que este principio se convirtiese en regla general y segura de felicidad, que se amaren y cesaren de amar al mismo tiempo. ¿Y si uno ama y no es amado? ¿Y si uno aún ama y el otro ya no le ama y trata de satisfacer una nueva pasión? ¿Y si uno ama a un mismo tiempo a varias personas que no pueden adaptarse a esta promiscuidad? «Yo soy feo -nos decía una vez un amigo-. ¿Qué haré si nadie quiere amarme?». La pregunta mueve a risa, pero también nos deja entrever verdaderas tragedias. Y otro, preocupado por el mismo problema, nos decía: «Actualmente, si no encuentro el amor, lo compro, aunque tenga que economizar mi pan. ¿Qué haré cuando no hayan mujeres que se vendan?» La pregunta es horrible, pues muestra el deseo de que haya seres humanos obligados por el hambre a prostituirse; pero es también terrible... y terriblemente humano. Algunos dicen que el remedio podría hallarse en la abolición radical de la familia, la abolición de la pareja sexual más o menos estable, reduciendo el amor al solo acto físico o por mejor decir, transformándolo, con la unión sexual por añadiduría, en un sentimiento parecido a la amistad, que reconozca la multiplicidad, la variedad, la contemporaneidad de afectos. ¿Y los hijos?... Hijos de todos. ¿Puede ser abolida la familia? ¿Es de desear que lo sea? Hagamos observar antes que nada, que, a pesar del régimen de opresión y de mentira que ha prevalecido y prevalece aún en la familia, ésta ha sido y continúa siendo el más grande factor de desarrollo humano, pues en la familia es donde el hombre normal se sacrifica por el hombre y cumple el bien por el bien, sin desear otra compensación que el amor de la compañera y de los hijos.
Pero, se nos dice, una vez eliminadas las cuestiones de intereses, todos los hombres serán humanos y se amarán mutuamente. Ciertamente, no se odiarán; cierto que el sentimiento de simpatía y de solidaridad se desarrollaría mucho y que el interés general de los hombres se convertiría en un factor importante en la determinación de la conducta de cada uno. Pero esto no es aún amor. Amar a todo el mundo se parece mucho a no amar a nadie. Podemos, tal vez socorrer, pero no podemos llorar todas las desgracias, pues nuestra vida se deslizaría entera entre lágrimas y, sin embargo, el llanto de la simpatía es el consuelo más dulce para un corazón que sufre.

La estadística de las defunciones y de los nacimientos puede ofrecernos datos interesantes para conocer las necesidades de la sociedad; pero no dice nada a nuestros corazones. Nos es materialmente imposible entristecernos por cada hombre que muere y regocijarnos por cada nacimiento. Y si no amamos a alguien más vivamente que a los demás; si no hay un sólo ser por el cual no estemos particularmente dispuestos a sacrificarnos; si no conocemos otro amor que este amor moderado, vago, casi teórico, que podemos sentir por todos, ¿no resultaría la vida menos rica, menos fecunda, menos bella? ¿no se vería disminuída la naturaleza humana en sus más bellos impulsos? ¿acaso no nos veríamos privados de los goces más profundos? ¿no seríamos más desgraciados? Por lo demás, el amor es lo que es. Cuando se ama fuertemente, se siente la necesidad del contacto, de la posesión exclusiva del ser amado. Los celos, comprendidos en el mejor sentido de la palabra, parecen formar y forman generalmente una sola cosa con el amor.

El hecho podrá ser lamentable, pero no puede cambiarse a voluntad, ni siquiera a voluntad del que personalmente los sufre. Para nosotros el amor es una pasión que engendra por sí mismo tragedias. Estas tragedias no se traducirían más, ciertamente, en actos violentos y brutales si el hombre tuviese el sentimiento de respeto a la libertad ajena, si tuviese bastante imperio sobre sí mismo para comprender que no se remedia un mal con otro mayor, y si la opinión pública no fuese, como hoy, tan indulgente con los crímenes pasionales; pero las tragedias no serían por esto menos dolorosas.Mientras los hombres tengan los sentimientos que tienen -y un cambio en el régimen económico y político de la sociedad no nos parece suficiente para modificarlos por entero- el amor produciría al mismo tiempo que grandes alegrías, grandes dolores. Se podrá disminuirlos o atenuarlos, con la eliminación de todas las causas que pueden ser eliminadas, pero su destrucción completa es imposible. ¿Es ésta una razón para no aceptar nuestras ideas y querer permanecer en el estado actual? Así se obraría como aquel que no pudiendo comprarse vestidos lujosos, prefiriese ir desnudo, o que no pudiendo comer perdices todos los días renunciase al pan, o como un médico que, dada la impotencia de la ciencia actual ante ciertas enfermedades, se negase a curar las que son curables.
Eliminemos la explotación del hombre por el hombre, combatamos la pretensión brutal del macho que se cree dueño de la hembra, combatamos los prejuicios religiosos, sociales y sexuales, aseguremos a todos, hombres, mujeres y niños, el bienestar y la libertad, propaguemos la instrucción y entonces podremos regocijarnos con razón si no quedan más males que los del amor.
En todo caso, los desgraciados en amor, podrán procurarse otros goces, pues no sucederá como hoy, en que el amor y el alcohol constituyen los únicos consuelos de la mayor parte de la humanidad.

jueves, 18 de noviembre de 2010

DE LO PERSONAL A LO POLÍTICO por ERIN PIZZEY

DE LO PERSONAL A LO POLÍTICO
por ERIN PIZZEY

Uno de los debates más interesantes del nuevo siglo podría consistir en dilucidar la cuestión de cómo y por qué se fundó el movimiento feminista en el mundo occidental. ¿Surgió, como explican numerosas periodistas, en respuesta a las necesidades de las mujeres oprimidas del mundo? ¿O fue una creación de las mujeres de izquierdas, cansadas de verse relegadas a funciones serviles en las cocinas de sus revolucionarios amantes? Según explica Susan Brownmiller en su excelente historia del movimiento de la mujer, In Our Time: Memoir of a Revolution [En nuestro tiempo: memoria de una revolución] [1], el movimiento se fundó en Nueva York después de que muchas de las mujeres activistas volvieran de Mississippi tras su intento por ayudar a la población negra a registrar sus votos. Los hombres de los movimientos revolucionarios, que esperaban que las activistas asumiesen funciones inferiores, trataron de disuadirlas a toda costa. Cuando se le preguntó a Stokely Carmichael por la postura de la mujer en la futura revolución, respondió con una frase célebre: "¿Qué cuál es la postura de la mujer en el SNCC (Comité No Violento de Coordinación de Estudiantes)? La postura de la mujer en el SNCC es tumbada." Así se precipitó una revolución cuyo resultado ni siquiera los más activos Panteras Negras habrían podido imaginar.

Yo me incorporé a ese amorfo movimiento en 1971, cuando Jill Tweedie y otras periodistas de izquierda escribían en periódicos y revistas que lo que las mujeres debían plantear eran varias exigencias muy razonables, y millones de mujeres británicas cuyas únicas lecturas consistían en recetas de cocina y patrones de costura suspiraron con alivio. A excepción de la revista SHE, dirigida por la temible lesbiana Nancy Spain, la mayoría de nuestras lecturas nos enseñaban a ser perfectas amas de casa.

Encontré en The Guardian los datos necesarios para establecer contacto con ese nuevo y excitante movimiento de liberación de la mujer y llamé a su número de teléfono central de Londres, desde donde me encaminaron a mi grupo local en Chiswick. Por primera vez, esa noche dejé a mi marido al cuidado de los niños y acudí a la reunión. No me impresionó especialmente la enorme mansión en que fui recibida por una pequeña mujer de lengua mordaz. Si había pensado que iba a unirme a un movimiento que me sacaría de mi aislamiento con mis dos hijos pequeños, estaba equivocada. 'Tu problema no es el aislamiento,' me dijeron. 'Tu problema es tu marido, que te oprime.' miré a las restantes mujeres blancas de clase media presentes en la habitación y traté de no sonrojarme. También se nos dijo que debíamos considerarnos un colectivo, llamarnos 'camaradas' unas a otras y pagar tres libras y diez chelines para formar parte del Movimiento de Liberación de la Mujer. En las paredes había carteles con mujeres que agitaban furiosamente sus armas por encima de sus cabezas y un enorme retrato del Presidente Mao. La violencia de esos carteles me disgustó: yo había nacido en 1939, en medio de una guerra terrible.

Nací en China en 1939. Mi padre trabajaba en el Servicio Consular. Tanto él como mi madre eran amigos de Chaing Kai Check, exiliado en Taiwán por los comunistas. Mis padres y mi hermano, que volvieron a China en 1942, fueron capturados por los comunistas y pasaron varios años en prisión. Mi hermana gemela y yo los creíamos muertos. El odio y la aversión de mi padre por cualquier régimen totalitario había dejado huella en mí, y me sentí molesta por lo que consideré un intento de manipulación para añadir mis tres libras y diez chelines a la cuenta del partido comunista local.

A pesar de todo, yo creía fervientemente que las mujeres de este país necesitaban lugares para reunirse y organizarse a nivel local. Era consciente de la existencia de un enorme grupo de mujeres aisladas, muchas de las cuales poseían valiosas cualidades naturales y experiencias laborales que podríamos aprovechar para trabajar en nuestras comunidades. Así que desafié la hostilidad que suscitaban mis altos tacones y mi maquillaje en la oficina de liberación de la mujer y me hice cargo de la mecanografía.

No duré mucho. Lo que vi eran grupos de mujeres blancas de clase media con tendencias de izquierda que se reunían para odiar a los hombres. Su eslogan era 'convierte lo personal en político'. Las más vociferantes y violentas dirigían su propia frustración personal y su cólera contra su padre y hacían extensiva su rabia a todos los hombres. Muchas de esas mujeres eran hijas de papá que vivían a costa de la fortuna paterna. La violencia que el movimiento adquirió desde el primer momento se debió al hecho de que, en Inglaterra, fue fundado por mujeres estadounidenses que huían del FBI. No era la primera vez que los Estados Unidos exportaban a sus disidentes. Años atrás, Trotsky había sido deportado junto con otros revolucionarios. Algunos de ellos se dirigieron a Alemania para incorporarse al grupo Baader Meinhoff. Otros se adhirieron a los Red Stockings de Holanda, y algunos optaron por venir a Inglaterra, que parecía destinada a convertirse en semillero revolucionario para terroristas de todo el mundo, una especie de Beirut junto al Támesis. En un coloquio de la BBC pude comprobar cómo se utilizaba el dinero de los contribuyentes para reunir, en uno de sus programas televisivos, a todos los revolucionarios célebres del mundo. Vi a 'Danny el Rojo' exigiendo a un sudoroso productor mayores gastos y un hotel más confortable. Kenneth Tynan no dejó de escupir por encima de mí mientras declaraba que deberíamos apoderarnos de la BBC y lanzar nosotros mismos la revolución. También me vi obligada a asistir a una aburrida conferencia en que Bernadette Devlin nos soltó su arenga y varios panteras negras lanzaron sus consignas. Una hilera de supuestos revolucionarios de la BBC respondieron levantando sus pálidos puños. En 1970, mujeres terroristas de grupos de todo el mundo afluyeron a Londres para participar en la primera marcha de liberación de la mujer, pero para entonces mi conciencia política era ya mucho mayor.

En muchos de esos violentos y amenazadores colectivos me enfrenté a sus líderes para decirles que odiar a todos los hombres no era una actividad en que yo desease participar. Les expliqué que mi vida me parecía un lujo. Tenía un marido que acudía a su trabajo y pagaba la hipoteca de la vivienda, de forma que yo podía quedarme en casa con mis dos hijos. Les recordé que, aparte de un pequeño grupo de hombres que ejercía el poder internacional, la mayor parte de los habitantes de sus países eran esclavos. Les hablé de los regímenes asesinos de Mao y de Stalin pero, por supuesto, muchas de esas mujeres eran maoístas y estalinistas. Su actitud era tal que no habrían retrocedido aunque tuviesen que morir 30 millones de personas por la causa de su revolución. Fui odiada con pasión e, irónicamente, acabé excluida del movimiento de liberación.

Entonces opté por abrir un pequeño centro comunitario para mujeres y sus hijos que permitiera mejorar mi proyecto de reducir el aislamiento causado en occidente por la crisis de la familia extensa. Durante muchos meses, ese pequeño centro comunitario para mujeres y sus hijos atrajo a todo tipo de mujeres deseosas de hallar un lugar en que pudiesen desplegar sus aptitudes y tener entretenidos a sus hijos. Pronto, las mujeres que rehuían los servicios oficiales acudieron a nosotras y nosotras las ayudamos. Un día, una mujer subió a la pequeña oficina del piso superior y se quitó el jersey. Su cuerpo estaba lleno de magulladuras negras y violáceas. "Mi marido me golpea", dijo. Esa noche la llevé a mi casa, en lugar de dejarla volver a la suya. Sin embargo, desde el principio me di cuenta de la violencia ejercida por algunas de las mujeres que acudían a mi albergue. Por entonces, yo había logrado las dos cosas que deseaba el movimiento de mujeres. Una causa justa para disfrazar su programa político y dinero para financiarlo. Para 1972, el movimiento de la mujer se había quedado sin dinero. Las mujeres inglesas corrientes eran demasiado inteligentes y educadas para desear su inclusión en un movimiento que deseaba tan obviamente destruir la familia y los derechos de los hombres. Sólo los grupos muy aislados de mujeres que vivían en zonas como Islington y Kew evitaban que sus hijos varones tuviesen juguetes de varones y presumían de que sus maridos o amantes se habían convertido de la noche a la mañana en 'nuevos hombres'. El resto de nosotras reconocía que los hombres serían siempre hombres y que aceptaríamos de buen grado cualquier ayuda en la casa.

Mientras la quema de sujetadores se convertía en motivo de bromas en la televisión y la prensa, el movimiento se hundió en la oscuridad, excepto en determinados periódicos y en los círculos universitarios. En ellos, la misoandria feminista halló sus principales exponentes en el colectivo de profesoras interinas, que consiguió crear toda una nueva corriente ideológica -los denominados “estudios sobre la mujer”- y lavar el cerebro de las jóvenes generaciones de mujeres que entraban en la Universidad.

Encontré las facultades llenas de “profesoras” que no eran tales, sino activistas políticas. Me sentí intensamente odiada cuando, en mis conferencias universitarias, afirmé que 62 de las primeras 100 mujeres que acudieron a mi albergue eran tan violentas como los hombres de los que huían. Hablé en reuniones e hice referencia a los “hombres maltratados”. Puesto que la “violencia doméstica” se consideraba un tema “de mujeres”, eran mujeres las periodistas que lo cubrían. Cuando traté de interesar a los periódicos en mis ideas me encontré con el mismo problema: las jefas de redacción eran mujeres que se negaban a publicar mis escritos. Las cosas no iban mejor en el campo editorial: las directoras, especialmente si se trataba de lesbianas radicales, censuraban sistemáticamente los libros. Existía y existe aún una estricta censura que se aplica a quien trate de romper el código de silencio. Nadie desea reconocer la amplitud del daño que el movimiento feminista ha hecho a la familia y a los hombres en los últimos treinta años. Cuando, en 1999, Melanie Phillips escribió The Sex Change Society ["La sociedad del cambio sexual"] [2], le advertí que nuestras protagonistas se negarían a salir a la superficie y responder a su bien documentada descripción de la “Gran Bretaña feminizada y del varón neutralizado”, según su acertada expresión.

Durante los últimos treinta años he visto una gran corrupción en los tribunales ingleses. He visto a padres privados de sus derechos y perseguidos. He visto a nuestro propio gobierno expresar su conformidad con un anuncio de la televisión escocesa en que se aconsejaba a los niños que llamasen a determinado número de teléfono si su padre gritaba a su madre. Uno de los recuerdos más antiguos que guardo es el de una pequeña niña de mi edad, que vivía también en China en la época del relevo comunista y que denunció a su padre; éste fue separado de su familia y torturado durante siete años. He visto a los “grupos de sensibilización” -que me han recordado las enseñanzas de Mao- proliferar como la mala hierba en todo el mundo occidental con el objetivo de convencer a las mujeres de que sus maridos son el enemigo y debe ser erradicado de la familia. He visto cómo en las secciones dedicadas a la mujer en algunos periódicos se ha glorificado a la madre sin pareja. En cierta ocasión, cuatro mujeres periodistas escribieron acerca de su búsqueda del hombre idóneo para darles hijos y las cuatro prometieron a sus lectores que los niños nunca llegarían a conocer a esos padres. Sentí que esas ricas y privilegiadas periodistas estaban actuando de modo irresponsable. Para entonces yo me había divorciado de mi marido y era una madre sin pareja que sufría la ansiedad y la soledad de criar a los hijos por mí misma.

Con gran frecuencia, vi profesoras feministas que discriminaban a los chicos en sus clases. Vi la gran avalancha de mujeres que irrumpió en las filas de la población activa, ávidas de puestos de trabajo y carreras. Muchas de ellas no tenían otra alternativa. Las dificultades económicas obligaban a trabajar a ambos miembros de la pareja. A pesar de las promesas, no hubo un plan nacional de guarderías infantiles, así que otras mujeres emprendieron actividades, ilegales y a veces peligrosas, de cuidado de niños. Los hombres, liberados de cualquier limitación por la píldora anticonceptiva, exigieron relaciones sexuales a la medida de sus deseos, pero luego muchos de ellos se desentendían de los embarazos subsiguientes. Londres, además de convertirse en la capital mundial del aborto, alcanzó los niveles más elevados de partos de adolescentes de todo Occidente. Los hombres dieron la espalda al matrimonio y al compromiso, en muchos casos temiendo con razón que, si asumían algún tipo de compromiso, acabarían siendo desplumados por la mujer durante el resto de sus vidas.

En 1977, los representantes Lindy Boggs y Newton-Steer me invitaron a un almuerzo oficial en el Congreso estadounidense. Para entonces yo sabía ya que las palabras que iba a pronunciar me harían muy impopular. Todas las personas que se dirigían a mí daban por supuesto, erróneamente, que hablaban con una “feminista”, algo que yo estaba muy lejos de ser. Siempre he desconfiado de los “istas” de toda clase, y sólo me gusta definirme como “alguien que ama a Dios en todas sus facetas”. Cuando acabé mi discurso, todas las personas de la mesa me rehuían, y la impresión que causé en el Club de Prensa de Washington no fue mucho más favorable. Me resultó divertida la expresión que vi en las caras de las curtidas periodistas. Numerosas conferencias que tenía comprometidas fueron anuladas, especialmente en Nueva York y Boston. Pasé una divertida noche con otros miembros del personal en una residencia de profesoras lesbianas de Anne Harbour , pero me sentí mucho mejor cuando fui a alojarme a la casa de una joven y dulce esposa y madre en otra ciudad. Por entonces me di cuenta de que, en todas partes, el movimiento feminista se había apropiado de la cuestión de la violencia doméstica para satisfacer sus ambiciones políticas y llenar sus bolsillos. Las feministas de los Estados Unidos y de otros países estaban reescribiendo las leyes. “En el pasado decenio, las teorías jurídicas feministas cobraron gran relieve en muchas facultades de derecho estadounidenses. El activismo feminista tuvo también grandes repercusiones en numerosos ámbitos jurídicos, en particular los relacionados con la violación, la autodefensa, la violencia doméstica y otras tipificaciones delictivas nuevas, como el acoso sexual. Sin embargo, la ideología del feminismo jurídico actual va mucho más lejos de la meta original, ampliamente aceptada, del trato igualitario para ambos sexos. El nuevo programa propugna la redistribución del poder desde la “clase dominante” (los hombres) hacia la “clase subordinada” (las mujeres), mientras que principios fundamentales de la jurisprudencia occidental, tales como la neutralidad judicial y los derechos del individuo, se consideran ficciones patriarcales destinadas a proteger los privilegios masculinos”. [3] [4]
Mi estancia en Alemania, donde acudí invitada por el Ministro de Deportes de ese país, no fue distinta. Abandoné una cena con personal asistencial de distintos albergues porque no pude seguir soportando la visión del futuro que esperaba a esas instituciones. Vi cómo el movimiento feminista erigía sus bastiones de odio contra los hombres, fortalezas en que se enseñaría a las mujeres que todos los hombres era “violadores y degenerados” y se procedería a la destrucción de los niños en los albergues, donde aprenderían a desconfiar de los varones.

En 1978 fui invitada a visitar Nueva Zelandia, y acudí con la esperanza de ser invitada a hablar a grupos del movimiento de albergues de Australia. En aquellos momentos, Nueva Zelandia no había caído aún en manos del movimiento de mujeres totalitarias (ahora ya lo ha hecho), pero se me denegó la posibilidad de visitar Australia, donde el movimiento de lesbianas militantes controlaba la mayoría de los albergues. Al igual que en otros muchos países, el movimiento de lesbianas manejaba la mayoría de los recursos financieros, por lo que simplemente indicaron a los albergues australianos que retirasen sus invitaciones. Mi presencia resultaba odiosa al movimiento feminista y a demasiadas mujeres politizadas que procedían de zonas marginales del sistema y trataban de abrirse paso hacia los escalones más elevados del poder público.

Para mostrar hasta qué punto ese movimiento podía censurar la información citaré un ejemplo entre muchos. En 1984 presté declaración ante el Grupo de Trabajo de Texas sobre Violencia Familiar, en San Antonio. Hubo gran inquietud entre los diversos grupos relacionados con los albergues que se habían reunido para aportar su testimonio. Una tras otra, las mujeres prestaron declaración. En algunos casos, el testimonio era sombrío y atroz. Eran las auténticas víctimas de la violencia de sus parejas. Sin embargo, muchas de las declarantes tuvieron una teatral actuación que provocó los aplausos entusiastas de la audiencia de excitables compañeras, pero llenó de confusión a los miembros del Grupo de Trabajo del Fiscal General. “Comprendo su dolor”, dijo una de las integrantes del Grupo de Trabajo a una mujer especialmente histriónica. “Pero, ¿dice usted que eso le ocurrió hace diez años? ¿No cree que es ya hora de pasar la página? “ Al hablar así expresaba el sentir de la mayoría de los miembros del Grupo, perplejos ante la clara diferencia existente entre las mujeres cuya declaración era auténtica y las otras, las mujeres proclives a la violencia que no eran víctimas inocentes de la violencia de sus parejas, sino que ellas mismas eran violentas. En mi intervención hice referencia a las diferencias existentes entre las mujeres realmente maltratadas y las que eran violentas ellas mismas y necesitaban tratamiento. El comité me dió las gracias, y el público me ovacionó puesto en pie. Cuando el informe llegó a mi casa de Santa Fe pude ver que mi declaración se había resumido en una frase sin sentido y que se hacía referencia a mí como a la "escritora Erin Shapiro", a pesar de que mi declaración por escrito se presentó a nombre de Erin Pizzey y que mi condición de fundadora del movimiento de albergues era de sobra conocida por todos.

Por entonces, yo trabajaba en Santa Fe (Nuevo México) en casos de maltrato infantil y en la lucha contra la pedofilia. Allí fue donde descubrí que existen tantos casos de pedofilia entre las mujeres como entre los hombres. En general, la pedofilia femenina pasa desapercibida. La lucha contra los comportamientos pedofílicos es una actividad muy peligrosa. Estando en Nuevo México rescaté a una niña británica del control de una mujer pedófila. Fueron necesarios tres años de lucha contra los tribunales ingleses para rescatarla y devolverla a sus padres. Finalmente el abogado me llamó por teléfono y me dijo que yo tenía razón contra todos. Pero la niña había sido objeto de abusos, así que pregunté al abogado si iba a demandar judicialmente a la mujer. "No", me contestó. Otra mujer que salió bien parada y eludió la condena por abuso de niños.

Durante todos esos años en que trabajé y me especialicé en el trabajo con mujeres violentas y sus hijos, nunca pude acostumbrarme al temor que los hombres sentían ante las mujeres violentas. Asistí a cenas y reuniones en que mujeres feministas contaban cómo maltrataban a los hombres con los que vivían. Conocí a algunas mujeres que habían convertido sus hogares en campos de concentración en miniatura. Rara vez vi a un padre plantar cara a una esposa o una compañera violentas, o impedir que la madre maltratase a los hijos. Los hombres solían acudir a mí en busca de ayuda, pero ante su compañera encolerizada y agresiva, permanecían quietos y toleraban la violencia. Incluso ahora la gente se ríe cuando un hombre dice que ha sido maltratado. No entiendo por qué ningún tipo de maltrato a cualquier ser vivo ha de ser motivo de risa. Creo que ya va siendo hora de que los hombres reconozcan que las mujeres han logrado grandes cambios en los últimos treinta años. Se han hecho mucho más independientes de los hombres, pero los hombres no han superado aún esa etapa. Cuando se trabaja con hombres, es desalentador ver cómo nada más liberarse de una relación violenta empiezan inmediatamente a buscar una mujer que “cuide de ellos”. Es preciso que los hombres se habitúen a la idea de que pueden cuidarse por sí mismos. Los hombres de generaciones más jóvenes parecen haberse dado cuenta de esa dependencia masculina de las mujeres y han logrado arreglárselas por sí mismos.

Estando en Santa Fe vino a verme un hombre que había perdido a sus hijos y cuanto poseía porque su hija lo había acusado de abusar sexualmente de ella. Al oír su relato comprendí que era un mujeriego, y no una persona capaz de abusar de una menor. Cuando conocí a la madre, mujer exhibicionista y narcisista de carácter violento y manipulador, supe que había ordenado a la niña que acusase a su padre. Del comportamiento de la niña deduje que, efectivamente, había sido objeto de abusos sexuales. Finalmente, al cabo de tres meses de trabajo con ella, me confesó que quien había acusado de ella era un hombre que vivía al otro lado de la calle. Ese hombre era funcionario. Cuando presenté las pruebas que tenía en la oficina del Fiscal del Distrito, éste se negó a investigar el caso. Un policía que trataba también de que se investigaran determinados casos me dijo que el Fiscal del Distrito estaba divorciado bajo sospecha de abusos sexuales a niños, así que yo no tenía ninguna oportunidad. Llamé a todas las puertas de los domicilios privados que pude encontrar en los alrededores de su vivienda y advertí a los vecinos. Muchos de ellos conocían el problema, pero su temor les impedía actuar. Cuando me enfrente a él, me dijo que su posición lo ponía a salvo de cualquier acción judicial y que se trasladaría con su familia a Alaska, donde era menos probable que lo condenasen. Al igual que tantos otros hombres violentos y peligrosos, se había casado con una mujer filipina que no se atrevía a opinar. Otra niña me dijo que su padre, la nueva esposa de éste y un vecino la violaban todos los sábados por la tarde, durante las horas del régimen de visitas. Le pregunté qué era lo más doloroso de esos abusos y me dijo que "las uñas de la mujer eran muy largas y me hacían daño en mi...", y señalaba su vientre. Esos son los terribles detalles que confirman espantosas verdades.

Parte del problema consiste en que los hombres no desean admitir que las mujeres, y en particular las mujeres a las que han amado, pueden ser tan malvadas como ellos. Cuando en 1999 realicé una gira de seis semanas por el Canadá para dar conferencias, quedé asombrada ante el miedo que detecté en los hombres a lo largo y ancho de ese enorme país. A causa de los casos de acoso sexual en el trabajo apenas se celebran ya fiestas en las oficinas. Coincidí con un profesor muy inteligente al que habían acusado de abuso sexual de dos de sus alumnas. Me explicó que vivir en el Canadá era como vivir en un estado totalitario. Y tenía razón. Hablé a grupos de hombres y mujeres de todo el país. Los hombres sentían ya la pesada mano del Estado, que les arrebataba todo derecho sobre sus casas y sus hijos. Me contaron casos de hombres que, al volver del trabajo, se habían encontrado con que la mujer había "levantado" la casa, es decir, había sacado de la vivienda cuanto había podido y había desaparecido con los niños rumbo a un albergue. Los angustiados padres eran incapaces de encontrar a sus esposas e hijos, ya que los albergues se negaban a dar información. En algunos casos de padres muy violentos esa precaución es necesaria, pero nunca pensé que debiera convertirse en una rutina, ya que muchas mujeres delincuentes podrían utilizar ese recurso contra hombres totalmente inocentes. Como es sabido, la manera más expeditiva de entablar el divorcio es, para una mujer, declarar que su marido es violento, y si ese subterfugio no basta, las mujeres pueden recurrir a lo que se denomina "la bala de plata", es decir, acusar a su pareja de abusar sexualmente de los niños. En ese caso, el hombre es inmediatamente apartado de su casa y de su familia. No hace mucho mantuve una charla con un grupo de hombres del suroeste de Inglaterra. Entre los asistentes a la reunión había dos policías. Cuando les pregunté por la realidad de los falsos abusos sexuales, admitieron que, en efecto, estaban obligados a separar a un padre de su familia aun cuando no hubiese pruebas. En una ocasión, una mujer había acusado al padre de una niña de haber abusado de ella en el baño. Llamó a la policía, y ésta se llevó inmediatamente al padre, que luego fue puesto en libertad por falta de pruebas. Deberíamos tener una ley que permitiese a las víctimas inocentes de tales acusaciones demandar judicialmente a sus agresoras. Para que se lleven detenido al hombre no se necesitan pruebas: basta con que la mujer descuelgue el teléfono.

He comprobado que los hombres no se ayudan unos a otros como hacen las mujeres. Durante miles de años, los hombres han aprendido a trabajar juntos con gran eficacia, pero, llegado el momento, en lugar de organizar ese mismo tipo de ayuda para encauzar sus vidas personales, se vienen abajo. Así ocurrió cuando traté de abrir un albergue para hombres casi inmediatamente después de haber comprado el edificio principal de Chiswick en que establecimos el albergue de mujeres. Había visto un número suficiente de hombres que eran horriblemente maltratados y necesitaban algún lugar adonde poder dirigirse. Lo que me molestó fue que, aún cuando el Gran Consejo de Londres deseaba poner a mi disposición un excelente edificio en el norte de la ciudad, no pude encontrar ni un solo colaborador económico que me ayudase a obtener dinero para los hombres.

Ahora tenemos ya grupos de hombres que funcionan en la mayor parte de los países. Pero, de momento, carecen de financiación, mientras que los albergues de mujeres reciben millones de libras que, en algunos casos, se malgastan. Sabemos que nuestros hombres jóvenes tienen muchos problemas. Durante los últimos treinta años, los hombres han sido objeto de discriminación en los medios de comunicación y en los centros de enseñanza. La nueva generación masculina ha asimilado una dieta de retórica feminista que les asegura que son “violadores” y “maltratadores”. Eso ponían los carteles que rodeaban el Hotel Savoy cuando acudí al almuerzo de presentación de mi libro Prone to Violence ["Proclives a la violencia"] [5]. Es el libro en que expuse mi trabajo con mujeres proclives a la violencia y sus hijos. Estaba acostumbrada a los piquetes, porque dondequiera que hablaba o hacía acto de presencia me seguían esas mujeres llenas de odio que, en todo el mundo, mantenían conferencias secretas de las que se excluía a los hombres. En realidad, se han infiltrado en las más importantes instituciones, y las Naciones Unidas están llenas de mujeres decididas a destruir la familia y el matrimonio como instituciones, mujeres que desean que la familia se defina únicamente como grupo de mujeres y niños. Los hombres deben quedar al margen. Su función como padres debe reducirse a servir de bancos de semen y billeteras. Afortunadamente, quienes creemos en el matrimonio y en la necesidad de que los niños convivan con ambos padres biológicos siempre que sea posible, tenemos el tiempo de nuestra parte. El movimiento feminista está agonizando, mientras sus ancianas defensoras escriben ya libros en que, a un paso de la tumba, lamentan su juventud desperdiciada. Gracias a la interesante obra de Mike Horowitz, Hating Whitey and Other Progessive Causes ["Odiar al hombre blanco y otras causas progresistas"] [6] , sabemos que Betty Friedman era marxista stalinista. Por mi parte, fui tan consciente del trasfondo político de muchas de las denominadas “líderes” del movimiento que escribí un pasaje al respecto en una de mis novelas, First Lady ["Primera Dama"] [7]. En él, habla un agente comunista que es tutor de una de las principales universidades de Inglaterra, y cita a la esposa del Presidente ruso:
“Se lo diré. Fue realmente la esposa del Primer Ministro quien trajo la respuesta. Una mujer encantadora que, mientras hablaba, no dejaba de mirarme. Recuerdo sus palabras exactas: “Empezad siempre la subversión por las mujeres, como en África, ofreciéndoles anticonceptivos, asistencia médica gratuita, facilidades para abortar, etc.”

En efecto, fue mientras trabajaba con misioneros en Senegal cuando ví por primera vez a los comunistas regalar radiotransistores a las mujeres africanas. Los misioneros trataban de atraer a las mismas mujeres a su dispensario con ayuda médica, seguida de una lección de la Biblia. Mi conclusión sobre la forma de expansión del movimiento feminista es que no se trata de algo tan espontáneo como las feministas quieren hacernos creer. Yo estuve allí en los primeros tiempos y me asombré ante la organización y las cantidades de dinero que afluían. Casi todos los grupos disidentes, excepto yo misma, porque yo no era “una de ellas”, disponían de oficina y teléfono. Lo que me aflige es el daño que han hecho y tolerado hombres indiferentes al problema de las mujeres violentas. Sabemos que las mujeres perpetran el 60 por ciento de los malos tratos a niños. "Autores: en más del 75 por ciento de los casos, los autores de los malos tratos infligidos a los niños son los padres, y en otro 10 por ciento de los casos, otros parientes de la víctima. Se estima que más del 80 por ciento de los autores tenían menos de 40 años y que casi dos tercios de ellos (62 por ciento) eran mujeres” [8]. Según las investigaciones de la NSPCC (National Society for the Prevention of Cruelty to Children o Asociación Nacional para la Prevención de la Crueldad contra los Niños) dirigidas por Susan Creighton en 1992, los niños corren “un mayor riesgo si conviven sólo con la madre, o con la madre y un sustituto de la figura paterna”. Asimismo, “las madres naturales resultaron ser las autoras más frecuentes de lesiones físicas, malos tratos psicológicos, abandono y A + MF (casos de abandono y maltrato físico)” [9]. Ahí está el problema fundamental. A las mujeres que, en su día, fueron objeto de abandono por sus madres y víctimas de disfunciones familiares no se les puede pedir que “mimen” a sus hijos, como si todo pudiese arreglarse con una varita mágica. Estoy convencida de que Tony Blair será recordado por su programa de las 540 libras o de “comienzo seguro”, que dará a los nuevos padres y madres la oportunidad de aprender todas esas importantes lecciones que la mayoría de los hijos de familias felices normales aprenden en las rodillas de sus progenitores. Aun cuando deseemos dar la espalda a los hombres y las mujeres que son víctimas de la violencia doméstica, con el poco caritativo pensamiento de que ellos se lo han buscado, hemos de atender a los hijos de esas relaciones, que no han elegido nacer en una familia en que la degradación y el horror forman parte de su vida cotidiana. Durante los últimos treinta años, las mujeres han culpado a los hombres de todas las manifestaciones de la violencia doméstica. Ahora los hombres han de tener el valor de citar las irrefutables cifras de las investigaciones internacionales que demuestran que, en la base de la violencia de los progenitores, subyace una función materna marcada por la violencia, la negligencia y los trastornos.
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NOTAS
[1] Susan Brownmillar, In Our Time: Memoir of a Revolution The Dial Press, 1999
[2] Melanie Phillips, The Sex-Change Society The Social Market Foundation November 1999
[3] Michael Wisss and Cathy Young, Cato Institute police analysis paper: Feminist Jurisprudence’ http://www.cato.org/pubs/pubs/pas/pa-256.html
[4] Michael Weiss & Cathy Young, Cato Institute police analysis paper “Feminist Jurisprudence.’
[5] Erin Pizzey and Jeff Shapiro, Prone To Violence Hamlyn Paperbacks 1982
[6] Michael Horowitz, Hating Whitey and Other Progressive Causes,’
[7] Erin Pizzey, First Lady, page 389 Collins 1987
[8] U.S. department of Health and Human Services. Child Maltreatment 1997: Reports from the States to the National Child Abuse and Neglect Data System. (Washington, DC: UCCS Government Printing Office, 1999).
9] From NSPCC Research by Susan Creighton (1992).
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© Erin Pizzey