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lunes, 6 de diciembre de 2010

La aparición del Estado Nacional. Rudolf Roker

LA APARICIÓN DEL ESTADO NACIONAL
Rudolf Roker
SUMARIO
La rebelión de las comunidades.- El periodo del federalismo.- Libertad personal y cohesión social.- La comunidad cristiana.- Decadencia de la cultura medieval.- Descomposición de la comuna.- El mercantilismo.- Los grandes viajes de los descubrimientos.- Ruina del poder papal.- La cabeza de Jano del Renacimiento.- La sublevación del individuo.- El hombre amo.- El pueblo se convierte en masa.- El Estado Nacional.- El Príncipe, de Maquiavelo.- La unidad nacional como instrumento del poder temporal.- Los grandes sacerdotes del nuevo Estado.




Toda institución política de dominio pretende someter a su control todas las agrupaciones de la vida social y -donde le es posible- subyugarlas completamente; pues una de sus condiciones previas más importantes es que todas las relaciones entre los hombres sean reguladas por el órgano intermediario del poder estatal. Este es el motivo por el cual toda fase importante de la reconstrucción de la vida social tan sólo pudo abrirse paso cuando los vínculos sociales internos fueron bastante fuertes para impedir la hegemonía de las aspiraciones de dominio o excluirlas temporalmente.
Después de la decadencia del Imperio romano, casi en toda Europa surgieron instituciones estatales que llenaron los países de sangre y fuego y amenazaron todos los fundamentos de la cultura. Si la humanidad europea no se hundió entonces por completo en la más salvaje barbarie, tuvo que agradecerlo a aquel poderoso movimiento revolucionario que se extendió con desconcertante regularidad sobre todos los lugares del Continente y que se conoce en la Historia como rebelión de las comunas. Se rebelaron en todas partes los hombres contra la tiranía de la nobleza, de los obispos y de la autoridad estatal y combatieron con las armas en la mano por la independencia local de sus municipios y por una nueva regulación de sus condiciones sociales de vida.
De esta manera obtuvieron las comunas vencedoras sus fueros y regalías y se crearon Constituciones comunales, en las que cristalizó una nueva condición jurídica. Pero también donde las comunas no fueron bastante fuertes para obtener su completa independencia, impusieron a los poderes dominantes amplias concesiones. Así se desarrolló, desde el siglo IX al XV, aquella gran época de las ciudades libres y del federalismo, merced a la cual la cultura europea fue preservada de la completa decadencia y la influencia política de la realeza naciente quedó restringida por largo tiempo casi sólo al campesinado. La ya mencionada comuna medieval fue una de aquellas instituciones sociales constructivas en que la vida, en todas sus formas, afluía desde todos los puntos de la periferia social hacia un centro común y en el intercambio infinito llegaba a las más diversas alianzas, que siempre abrieron para el hombre nuevas perspectivas del existir social. En tales épocas se siente el individuo como un miembro independiente de la comunidad; ésta fecunda su obra, mantiene su espíritu en vibración y no permite que se petrifiquen nunca sus sentimientos. Es ese espíritu de comunidad el que obra y crea en mil puntos locales y, precisamente por la multitud inabarcable de sus manifestaciones en todos los dominios de la actuación humana, se condensa en una cultura unitaria que se afirma en la comunidad y se expresa en todo fenómeno de la vida comunal.
En un ambiente social como ése el hombre se siente libre en sus decisiones, aunque está ligado por innumerables relaciones con la comunidad; más aún: esa libertad, en la unión, es precisamente el factor que da a su personalidad fuerza y carácter y contenido moral a su volición. Lleva la ley de la asociación en el propio pecho; por eso toda coacción externa le parece absurda e incomprensible, ya que siente la completa responsabilidad que resulta para él de las relaciones sociales con sus semejantes, responsabilidad que hace servir de cimiento, sin prevenciones, a su conducta personal. En aquel gran período del federalismo, cuando la vida social no estaba aún basada en teorías abstractas y cada cual hacía lo que las circunstancias le aconsejaban, todos los países estaban cubiertos de una densa red de fraternidades juramentadas, guildas de artesanos, asociaciones eclesiásticas, comunidades de mercado, alianzas de ciudades y otras innumerables asociaciones surgidas por libre acuerdo, que, en consonancia con las necesidades eventuales, se transformaron, se organizaron o desaparecieron de nuevo para dejar el puesto a nuevas alianzas, sin obedecer en ello las indicaciones de un poder central cualquiera que dirige y dictamina de arriba abajo. La comuna medieval se apoyaba en todas las partes de su rica actuación preferentemente sobre lo social, no sobre lo estatal o político. Esta es la Tazón por la que aquella época es tan difícil de comprender y, a menudo, es completamente inconcebible para los hombres de hoy, que tropiezan desde la cuna a la tumba con la mano ordenadora del Estado. En realidad, la estructuración federalista de la sociedad de aquella época se diferencia no sólo por sus formas de organización puramente técnicas, de las aspiraciones centralizadoras de un período posterior, que aparecen con el desenvolvimiento del Estado moderno, sino principalmente por la actitud mental de los hombres, que hallaba su expresión en los vínculos sociales.
La vieja ciudad no sólo era un organismo político independiente, sino que constituía también una unidad económica especial, cuya administración competía a las guildas. Semejante estructura podía basarse únicamente en la nivelación permanente de las exigencias económicas; en verdad, ésa fue una de las características más importantes de la cultura de las viejas ciudades. Era tanto más natural cuanto que, durante largo tiempo, no existieron en el seno de las viejas ciudades profundas divergencias de clase, y por eso todos los ciudadanos de la comuna estaban igualmente interesados en su persistencia. El trabajo, como tal, no ofrecía ninguna posibilidad de amontonar grandes riquezas, mientras la mayoría de los productores servían para el uso de los habitantes de la ciudad y de sus proximidades. La vieja ciudad no conocía tampoco la miseria social ni las hondas contradicciones internas. Mientras duró esa situación, sus habitantes pudieron fácilmente regular por sí mismos los asuntos que podrían dañar la cohesión interna de los ciudadanos. Por eso el federalismo, que se basa en la independencia y en la igualdad de derechos de cada una de las partes, era la forma adecuada de todas las asociaciones sociales en la comuna medieval, a la que también el Estado, mientras existió, debió tolerarla. Tampoco la Iglesia pudo pensar en mucho tiempo en conmover esas formas, pues sus representantes habían reconocido muy bien que esa rica vida, con la multiplicidad ilimitada de sus fenómenos sociales, tenía sus raíces profundas en la cultura general de la época.
Precisamente porque los hombres de entonces estaban tan vinculados a sus alianzas cooperativas y a sus instituciones locales, carecían del concepto moderno de la nación y de la conciencia nacional, que habrían de jugar en siglos ulteriores un papel tan funesto. El hombre del período federalista poseía, sin duda, un sentimiento de patria fuertemente marcado, pues estaba, en mayor medida que el hombre de hoy, ligado al terruño. Pero por muy íntimamente fusionado que se sintiera a la vida local de su lugar o de su ciudad, nunca hubo entre él y los ciudadanos de otras comunas aquellas rígidas, insuperables escisiones que se manifestaron al aparecer el Estado nacional en Europa. El hombre medieval se sentía integrante de la misma cultura y miembro de una gran comunidad que se extendía por todos los países, en cuyo seno hallaban su puesto todos los pueblos. Era la comunidad cristiana, que reagrupó todas las fuerzas dispersas del mundo cristiano y las unificó espiritualmente.
También la Iglesia y el Imperio se apoyaban en esa idea universal, aun cuando eran guiados por razones muy diversas. Para el Papa y el emperador, la cristiandad era la condición ideológica de la realización de una nueva soberanía mundial. Para los hombres de la Edad Media era el símbolo de una gran comunidad espiritual, en la que se encarnaban las exigencias morales de la época. La idea de la cristiandad era sólo una noción abstracta, lo mismo que la de la patria y la de la nación. Sin embargo, mientras la idea de la cristiandad unía a los hombres, la idea de la nación los escindió y agrupó en campos enemigos. Cuanto más penetró la noción de la cristiandad en los hombres, tanto más fácilmente superaron lo que les separaba, tanto más fuertemente vivió en ellos la conciencia de pertenecer a la misma gran comunidad y de aspirar a un objetivo común. Pero cuanto más eco tuvo en ellos la conciencia nacional, tanto más violentas se volvieron las diferencias entre ellos, tanto más despiadadamente fue relegado todo lo que tenían en común para hacer lugar a otras consideraciones.
Una serie de causas distintas ha contribuido, además, a producir la decadencia de la cultura medieval de las ciudades. Por las invasiones de los mogoles y de los turcos en los países de Europa y por la guerra de siete siglos de los pequeños Estados cristianos contra los árabes en la Península Ibérica, fue muy favorecida la evolución de los poderosos Estados en el este y el oeste del continente. Pero sobre todo se habían operado en la vida social de las ciudades mismas, hondas modificaciones, por las que fueron socavadas poco a poco las alianzas y organizaciones federalistas y se preparó así el camino para la reforma de las condiciones de la vida social.
La vieja ciudad era un municipio que durante mucho tiempo no se pudo definir como Estado, pues su misión principal se redujo a producir una justa nivelación de las necesidades económicas y sociales dentro de sus límites. Incluso allí donde aparecieron alianzas más vastas, como, por ejemplo, en las innumerables ligas de diversas ciudades para la defensa de su seguridad común, el principio de la igualdad y el del libre acuerdo jugaron un papel importante. Y como toda comuna dentro de la federación disfrutaba de los mismos derechos que las demás, durante mucho tiempo no pudo imponerse una verdadera política de dominio.
Esa condición cambió radicalmente por el paulatino fortalecimiento del capital financiero, que debía su aparición principalmente al comercio exterior. La economía monetaria y el desarrollo de determinados monopolios proporcionaron al capital comercial una influencia cada vez más grande dentro y fuera de la ciudad, y esa influencia tenía que conducir a profundas y vastas modificaciones. Se aflojó cada vez más la unidad interna de la comuna, a fin de ceder el puesto a una creciente estructuración de castas, condicionada por la desigualdad progresiva de las posiciones sociales. Las minorías privilegiadas impulsaron cada vez más claramente a una concentración de las fuerzas políticas en la comuna y substituyeron poco a poco el principio del arreglo mutuo y del libre acuerdo por el principio del poder.
Toda explotación de la economía pública por pequeñas minorías conduce irremisiblemente a la opresión política, lo mismo que, por otra parte, todo predominio político tiene que conducir al desarrollo de nuevos monopolios económicos y a la explotación creciente de los estratos más débiles de la sociedad. Los dos fenómenos marchan siempre mano a mano. La voluntad de poder es voluntad de explotación de los más débiles. Pero toda forma de explotación encuentra su expresión visible en una institución política de dominio que ha de servirle de instrumento. Donde aparece la voluntad de poder, se convierte la administración de los asuntos públicos en una condición de dominio del hombre sobre el hombre; la comuna adquiere la forma del Estado.
En verdad se operó la transformación interna de las viejas ciudades en ese sentido. El mercantilismo, en las repúblicas urbanas decadentes, condujo lógicamente a la necesidad de mayores unidades económicas, con lo que, por otra parte, se favoreció fuertemente la pugna por formas políticas más consistentes. El capital comercial necesitó, para la defensa de sus empresas, un fuerte poder político que dispusiera de los necesarios medios militares para velar por sus intereses particulares y para defender éstos contra la competencia. Así se convirtió la ciudad paulatinamente en un pequeño Estado que preparó el camino al futuro Estado nacional. La historia de Venecia, de Génova y de algunas otras ciudades libres nos muestra tempranamente las diversas fases de esa evolución y sus condiciones inevitables, fomentadas por el descubrimiento de las vías marítimas a las Indias orientales y luego por el descubrimiento de América. Con ello fueron sacudidos hasta lo más profundo de su esencia los cimientos sociales de la comuna medieval, que ya había sido maltrecha por las luchas internas y externas; lo que había quedado de ella capaz de desarrollo y susceptible de porvenir fue destruído posteriormente de raíz por el absolutismo victorioso. Cuanto más abarcó esa descomposición interna, tanto más perdieron las viejas alianzas su significación originaria, hasta que, al fin, sólo quedó en pie un desierto de formas muertas, sentido por los seres humanos como una pesada carga. Así se convirtió luego el Renacimiento en sublevación del hombre contra las ataduras sociales del pasado, en rebelión del individuo contra la opresión del medio social circundante.
Con la época del Renacimiento comienza en Europa un nuevo período, que produjo una amplia transformación de todas las concepciones e instituciones tradicionales. El Renacimiento fue el comienzo de aquel gran período de las revoluciones de Europa que no ha terminado aún, pues a pesar de todas las conmociones sociales no se ha conseguido encontrar una conciliación interna entre las múltiples necesidades del individuo y las alianzas de la comunidad, conciliación que complementa y fusiona a ambas. Esa es la primera condición previa de toda gran cultura social, cuyas posibilidades de desarrollo pueden ser abiertas y llevadas a su plena expansión tan sólo por un estado semejante de la vida social. También la cultura de las ciudades medievales brotó de esa condición preliminar, antes de ser atacada por el germen de la descomposición.
Toda una serie de circunstancias había contribuido a producir una honda transformación en el pensamiento de los hombres. Los dogmas de la Iglesia, socavados por la crítica disolvente de los nominalistas, habían perdido mucho de su anterior influencia. También la mística de la Edad Media, que estaba verdaderamente marcada con los signos de la herejía, pues tenía por base la relación directa entre Dios y el hombre, había perdido su encanto y dejado el puesto a consideraciones terrenales. Los grandes descubrimientos de los españoles y de los portugueses habían ensanchado considerablemente el panorama espiritual de los europeos y dirigido de nuevo sus sentidos a la tierra. Por primera vez desde la decadencia del mundo antiguo despertó el espíritu de investigación a nueva vida; pues bajo la dominación ilimitada de la Iglesia sólo había encontrado refugio entre los árabes y los judíos de España, haciendo saltar las ligaduras de una escolástica inerte, incrustada en una sabiduría verbal sin vida que no permitía el florecimiento de ningún pensamiento independiente. Pero apenas volvió el hombre la mirada a la naturaleza y a sus leyes, no pudo menos de ocurrir que su creencia en la providencia divina comenzase a vacilar, pues los períodos de conocimiento científico-natural no han sido nunca favorables a la fe religiosa en los milagros.
También se puso cada vez más de relieve que el sueño de la República cristiana, que reuniera a toda la cristiandad bajo el cetro del Papa, había pasado a la historia. En la lucha contra el naciente Estado nacional, la Iglesia quedó rezagada. Y además se comenzaron a advertir en el propio campo, cada vez con más fuerza, los elementos de la descomposición, lo que condujo a la deserción abierta en los países nórdicos. Si se tienen en cuenta también las grandes modificaciones económicas y políticas en el seno de la vieja sociedad, se comprenden las causas de aquella gran revolución espiritual cuyos efectos todavía hoy son perceptibles.
Se ha caracterizado el Renacimiento como el punto de partida del hombre moderno, que en aquella época se hizo dueño por primera vez de su personalidad. No se puede negar que esa afirmación tiene por fundamento una parte de verdad. El hombre moderno no ha superado todavía, en realidad, la herencia del Renacimiento; su sentimiento y sus ideas llevan en buena parte el sello de aquel período, aun cuando carecen, en el conjunto, del rasgo característico de los hombres del Renacimiento. No es ninguna casualidad que Nietzsche, y con él los representantes de un exagerado individualismo, que, desgraciadamente, no poseía el espíritu del filósofo, vuelvan con especial preferencia a aquel tiempo de las pasiones desencadenadas y de la errante bestia rubia, para dar respaldo histórico a sus ideas.
Jakob Burckhardt, en su obra Die Kultura der Renaissance in Italien, reproduce un magnífico pasaje del discurso de Pico della Mirandola sobre la dignidad del hombre, que define el doble carácter del Renacimiento:
Te he puesto en el centro del mundo -dijo el Creador a Adán- para que observes tanto más fácilmente a tu alrededor y veas todo lo que existe. Te he creado como un ser que no es ni celestial ni terrenal, ni mortal ni inmortal, solamente para que seas tu propio artífice y amo libre; puedes rebajarte a la categoría de un animal y elevarte a la calidad de criatura divina. Los animales traen consigo del seno materno lo que deben tener; los espíritus superiores son, desde el comienzo o poco después, aquello que han de ser en la eternidad. Tú sólo tienes un desarrollo, un crecimiento de acuerdo con la voluntad libre; tienes en ti el germen de una vida multiforme.
En verdad, la época del Renacimiento lleva una cabeza de Jano, tras cuya doble frente chocan los conceptos, aparecen las contradicciones. Por una parte declaró la guerra a las muertas instituciones sociales de un período pasado y emancipó a los hombres de una red de ligaduras sociales que habían perdido su significación y eran consideradas ya como obstáculos. Por otra parte echó los cimientos de la actual política de dominio y de los llamados intereses nacionales, y desarrolló las ligaduras del Estado moderno, tanto más nefastas cuanto que no habían surgido de acuerdos voluntarios para la defensa de los intereses comunes, sino que son impuestas a los hombres de arriba abajo a fin de proteger y extender más aún los privilegios de pequeñas minorías en la sociedad.
El Renacimiento puso fin a la escolástica de la Edad Media y liberó el pensamiento humano de las cadenas de los conceptos teológicos, pero implantó simultáneamente los gérmenes de una nueva escolástica política y dió el impulso para nuestra moderna teología estatal, cuyo dogmatismo en nada desmerece del eclesiástico, pues actúa de un modo igualmente esclavizador y devastador en el espíritu de los hombres. Junto con las instituciones sociales de la vieja comuna, se puso también fuera de curso sus valores éticos, sin estar en condiciones de crear para ellos un verdadero sucedáneo. Así el Renacimiento se convirtió pura y simplemente en la rebelión del hombre contra la sociedad, sacrificando el espíritu de la comunidad a un abstracto concepto de libertad, basado además en un malentendido: la libertad a que aspiraban sus representantes sólo era una funesta ilusión, pues le faltaban los fundamentos sociales y sólo con ellos puede perdurar.
La verdadera libertad sólo existe allí donde es sostenida por el espíritu de la responsabilidad personal. La responsabilidad ante los semejantes es un sentimiento ético que proviene de la convivencia de los hombres y tiene por condición previa la justicia para todos y para cada uno. Sólo donde esa condición existe es la sociedad una comunidad efectiva y desarrolla en cada uno de sus miembros el precioso instinto de la solidaridad que sirve de base moral a toda sana agrupación humana. Solamente en la reunión del sentimiento solidario con el impulso interno en pos de la justicia social se convierte la libertad en lazo de unión; sólo con esa condición la libertad del prójimo deja de ser un límite, para ser una confirmación y una garantía de la propia libertad.
Donde falta esa condición, se transforma la libertad personal en arbitrariedad ilimitada y en opresión de los débiles por los fuertes, cuya supuesta fortaleza, en la mayoría de los casos, se apoya mucho menos en la superioridad del espíritu que en la desconsideración brutal y en el desprecio notorio de todo sentimiento social. Al sacudir sus representantes todas las ataduras morales del pasado, y menospreciar toda consideración hacia el bien común como una debilidad personal, desarrollaron aquel culto del yo exagerado hasta el extremo que no se sintió restringido por ningún mandamiento de la moral social y puso el éxito del individuo por encima de todo verdadero sentido humano. Así, de la presunta libertad del hombre no podía resultar otra cosa que la libertad del hombre amo, para quien todos los medios son legítimos si prometen éxito en sus planes de dominio, aunque su camino vaya sobre cadáveres y escarnezca todo sentimiento de justicia.


Maquiavelo ha desarrollado con lógica de hierro la concepción del valor histórico del gran hombre, que hoy ha vuelto a asumir formas tan peligrosas. Su libro sobre el Príncipe es la cristalización espiritual de un período en cuyo horizonte político irradiaban las siniestras palabras: ¡Nada es verdadero, todo es permitido! El crimen más espeluznante, la acción más reprobable se convierten en una gran acción, en necesidad política, apenas aparece en escena el hombre-amo. Las consideraciones éticas sólo tienen validez para el uso privado de los débiles; pues en la política no hay puntos de vista morales, sino simplemente problemas de poder cuya solución justifica el empleo de todos los medios que prometan éxito. Maquiavelo ha elevado a sistema lo amoral del poder estatal y ha intentado justificarlo con una franqueza tan cínica, que se ha supuesto a menudo y aun hoy se pretende en parte que su Príncipe fue concebido sólo como una sátira sangrienta contra los déspotas de su tiempo. Pero se olvida que ese escrito fue hecho para el uso privado de un Médicis, no para darlo a la publicidad, pues vió la luz recién después de la muerte de su autor.
Maquiavelo no ha inventado sus ideas de la nada. Sólo ha concretado en un sistema lo que se confirmaba prácticamente en el período de Luis XI, de Fernando el Católico, de Alejandro VI y de los César Borgia, Francesco Sforza y otros. Pues aquellos soberanos supieron manipular con el veneno y el puñal tanto como con el rosario y el cetro, y no se dejaron influir en lo más mínimo, en la persecución de sus planes políticos de dominio, por interferencias morales. Para cada uno de ellos aparece el Príncipe como hecho a medida.
Un príncipe -dice Maquiavelo- no necesita, pues, poseer todas las virtudes arriba nombradas, pero debe tener fama de poseerlas. Sí, me atrevo a decir, es muy perjudicial poseerlas y observarlas siempre; pero aparecer piadoso, fiel, humano, temeroso de Dios, honesto, es útil. Sólo hay que haber predispuesto el ánimo de tal forma que, cuando sea necesario, pueda también ser lo contrario. Y esto hay que comprenderlo de modo que un príncipe, especialmente un nuevo príncipe, no observe todo lo qne pasa por bueno en los otros hombres; pues a menudo, para conservar su posición, debe chocar con la fidelidad y la fe, con la generosidad, la humanidad y la religión. Por eso ha de poseer un estado de ánimo que pueda girar según los vientos y la dicha variable y, como se ha dicho, no dejar de hacer lo bueno donde es posible, pero también hacer lo malo donde no tiene que ser. Un príncipe debe cuidarse mucho, por consiguiente, de expresar una palabra que no esté conforme con las cinco virtudes antes nombrada,. Todo lo que de él se vea y se oiga tiene que respirar compasión, fidelidad, humanidad, integridad y piedad. Y nada es más necesario que la apariencia de esta última virtud; pues los hombres, en total, juzgan más según lo que ven que según el sentimiento, pues ver lo pueden todos, pero sentir sólo pocos. Todos ven lo que pareces ser; pocos sienten lo que eres, y éstos no se atreven a contradecir la opinión de la multitud, que tiene la majestad del Estado por escudo. En los actos de todos los hombres, especialmente de los príncipes, que no tienen juez sobre ellos, sólo se tiene presente el resultado. Vea, pues, el príncipe cómo conserva su dignidad; los medios son siempre considerados legitimos y ensalzados por todos. Pues el populacho se contenta sólo con la apariencia y el resultado de una cosa; y el mundo está lleno de populacho (1).
Lo que manifestó así Maquiavelo sin rodeos -porque su escrito estaba destinado al oído de un determinado soberano- fue sólo la profesión de fe sin afeites de toda política de dominio y de sus representantes. Por eso es ocioso hablar de maquiavelismo, cuando lo que el estadista florentino expuso meridianamente es practicado y lo será siempre mientras minorías privilegiadas en la sociedad tengan una posición de predominio que les permita someter a la gran mayoría al yugo de su soberanía y privarle de los frutos de su trabajo. ¿O se cree, tal vez, que nuestra actual diplomacia secreta trabaja según otros postulados? En tanto que la voluntad de poder juegue en la conveniencia de los hombres un papel, tendrán también validez todos los medios que sean precisos para la consecución y la conservación del poder. Ciertamente, las formas externas de la política del poder deben adaptarse a la época y a las circunstancias eventuales, como ha ocurrido siempre; pero los objetivos son siempre los mismos y santifican todos los medios que les favorecen. Pues el poder en sí es amoral y choca con todos los postulados de la justicia humana, según la cual todo privilegio de individuos o de determinadas castas es una perturbación del equilibrio social y, por tanto, inmoral. Sería absurdo suponer que los métodos del poder habrían de ser mejores que el objetivo al que sirven.
Leonardo da Vinci grabó en el zócalo de su estatua ecuestre de Francesco Sforza estas palabras: Ecce Deus! (¡Qué divinidad!). En esas palabras se reveló el cambio brusco que se operó en todas partes, después de la desaparición de las formas sociales medievales. El resplandor de la divinidad había palidecido; en cambio se ofrendaban a los señores honores divinos y se volvía al culto a los Césares. El héroe se convirtió en ejecutor del destino humano, en creador de todas las cosas sobre la tierra. Nadie ha fomentado ese culto a los héroes más que Maquiavelo, nadie incensó tanto al individuo fuerte como él. Los admiradores del heroísmo y de la veneración de los héroes no han hecho más que beber en su fuente.
Lo que Maquiavelo erigió en sistema, era mera razón de Estado, sin ropaje alguno de falso pudor. Para él era claro que la brutal política de dominación no se inspiraba en principios éticos; por eso reclamaba con toda la franqueza desvergonzada que le era propia, y que no corresponde del todo a los postulados del llamado maquiavelismo, que los hombres que no pueden renunciar al lujo superfluo de una conciencia privada deberían abstenerse de toda política. El mayor éxito de Maquiavelo está en haber presentado de modo tan claro y evidente el andamiaje interno de la política del poder, que hasta eludió el embellecimiento de los más incómodos detalles con florilegios vacíos y circunloquios hipócritas.
La creencia en el genio extraordinario del hombre-amo se advierte sobre todo en los períodos de disolución interna, cuando se afloja el lazo social que mantenía antes unidos a los hombres y los intereses de la comunidad dejan el puesto a los intereses particulares de minorías privilegiadas. La diversidad de las aspiraciones y de las finalidades sociales, que conducen a oposiciones cada vez más crudas dentro de la comunidad y a su descomposición en clases y castas hostiles, socava los cimientos del sentimiento de comunidad. Pero donde el instinto de comunidad es debilitado y obstruído sin cesar por la reforma de las condiciones externas de vida, pierde el individuo poco a poco el equilibrio interno, y el pueblo se transforma en masa. La masa no es otra cosa que un pueblo sin raíces, llevado tan pronto hacia aquí, tan pronto hacia allá por la corriente de los acontecimientos, y que ha de ser agrupado en una nueva comunidad a fin de que surjan en él nuevas fuerzas y de que pueda ser dirigida otra vez su actuación social hacia un objetivo común.
Donde el pueblo se convierte en masa, prospera la cizaña del gran hombre, del hombre-amo reconocido. Sólo en tales períodos de descomposición social es capaz el héroe de imponer su voluntad a los otros y de uncir a la masa al yugo de sus ambiciones particulares. La verdadera comunidad no permite surgir una condición de dominio, porque mantiene a los hombres unidos por el lazo interno de los intereses comunes y del mutuo respeto, que no requiere ninguna coacción externa. Dominación y coacción externa aparecen siempre donde los vínculos internos de la comunidad caen en ruinas. Cuando la ligazón social amenaza descomponerse, aparece la coacción para mantener con la violencia lo que antes estaba ligado por el libre acuerdo y la responsabilidad personal en la comunidad.
El Renacimiento fue un período de tal disolución. El pueblo se transformó en masa; y la masa fue convertida en nación para servir de relleno al nuevo Estado. Ese origen es muy instructivo; porque muestra que el aparato del Estado nadonal y la idea abstracta de la nación han crecido en el mismo tronco. No es una casualidad que Maquiavelo haya sido el teórico de la moderna política de dominación y el defensor más apasionado de la unidad nacional, que habría de jugar en lo sucesivo, para el nuevo Estado, el mismo papel que la unidad de la cristiandad para la Iglesia.
No fueron los pueblos los causantes de ese nuevo orden de cosas, pues ni los impulsaba a esa separación una necesidad interna, ni podría resultarles de ello ninguna ventaja. El Estado nacional fue el resultado legítimo de la voluntad de soberanía, que había encontrado en sus aspiraciones el auxilio enérgico del capital financiero, que a su vez necesitaba de su ayuda. Los príncipes impusieron a los pueblos sus propósitos y trataron de maniatarlos con toda especie de intrigas, de manera que después se tuvo la apariencia de que la separación de la cristiandad en diversas naciones había partido de los pueblos mismos, mientras que éstos sólo habían sido instrumentos inconscientes de los intereses privados principescos.
La descomposición interna del poder papal y en especial la gran escisión eclesiástica en los países nórdicos dieron a los soberanos temporales ocasión para llevar a la realidad planes largo tiempo alentados y para dar a su poder un nuevo fundamento que no dependiera de Roma. Así se quebrantó aquella gran unidad universal que había agrupado a la humanidad europea espiritual y moralmente, y en la cual tuvo las más fuertes raíces la gran cultura del período federalista. La circunstancia de que, particularmente en los países nórdicos, se haya considerado al protestantismo como un progreso espiritual frente al catolicismo, se debe a que se han pasado por alto casi completamente los funestos resultados de la Reforma (2). Y como la nueva conformación política y social de Europa había entrado también en los países católicos por la misma ruta, y precisamente en ellos alcanzó el Estado nacional su perfección suprema en la forma de la monarquía absolutista, se ha desestimado fácilmente el enorme alcance de aquel acontecimiento que produjo la escisión de los países europeos en naciones.
Estaba dentro de los cuadros de las aspiraciones políticas de dominio del Estado nacional que sus fundadores principescos produjesen escisiones fundamentales entre sus propios pueblos y los extranjeros, y que tendiesen a profundizarlas y a fortificarlas; toda su existencia se basaba en esas distinciones artificialmente creadas. Por eso se apoyaron en el desarrollo de los diversos idiomas locales y se aferraron con preferencia a determinadas tradiciones, que envolvieron en un velo místico y mantuvieron vivas en el pueblo, pues el no poder olvidar es una de las primeras condiciones psicológicas de la conciencia nacional. Y como en el pueblo sólo echaba raíces lo sagrado, se procuró dar a las instituciones nacionales la apariencia sacramental y rodear la persona del soberano con el nimbo de la divinidad.
También en este aspecto fue Maquiavelo precursor, pues comprendió que se había iniciado una nueva era y supo señalar sus síntomas. Fue el primer defensor decidido del Estado nacional contra las aspiraciones políticas de la Iglesia. Dado que la Iglesia levantábase como el más firme baluarte en el camino de la unidad nacional de Italia y, por ello, de la liberación del país de los bárbaros, la combatió de la manera más aguda y pidió la separación de la Iglesia y del Estado. Pero al mismo tiempo intentó poner al Estado en el pedestal de la divinidad; él, que no era cristiano y que interiormente había roto con toda superstición. No obstante comprendió bien la conexión íntima entre religión y política y sintió que un poder terrenal sólo puede prosperar si está muy próximo a la fuente originaria de toda autoridad, para irradiar el fulgor sagrado de la divinidad. Por cuestiones de razón de Estado quiso Maquiavelo conservar para el pueblo la religión, no como un poder extraestatal, sino como instrumentum regni, como instrumento del arte estatal del gobierno. Por eso escribió con fría objetividad en el capítulo II del segundo libro de sus Discorsi:
En verdad nunca ha introducido nadie en un pueblo nuevas leyes sin apelar a Dios. Las doctrinas no han sido aceptadas tampoco porque un sabio haya reronocido algunas cosas como buenas, de cuya bondad no es capaz de persuadir a los semejantes. Por eso apelan los hombres hábiles a la autoridad de Dios.
Los sacerdotes supremos de la política monárquica continuaron trabajando en esa dirección. Crearon una nueva confesión político-religiosa, que poco a poco se condensó en la conciencia nacional, y animada por los impulsos internos de los hombres en busca de una solución, dió después las mismas flores raras que la creencia en la eterna providencia divina.

Notas
(1) Niccolo Machiavelli: Il principe, citado según la traducción alemana Der Fürstenspiegel, por F. von Oppein-Bronikowski; Jena, 1912.
(2) Novalis había reconocido con claridad el profundo sentido de esa transformación polftica trascendental, cuando escribió:

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